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La última carrera del taxista Sebastián

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Sebastián era un conocido taxista que vivía en la ciudad de Buenos Aires y como cada día realizaba una gran cantidad de trayectos para llevar a sus pasajeros a los destinos solicitados.

Con tan solo 24 años era muy conocido y sobre todo, querido por aquellas personas que trataban con él a diario. Se trataba de una persona de gran corazón, dispuesta a ayudar a los demás siempre que podía.

Era una tarde de un martes corriente como prácticamente cualquier otro cuando Sebas, como le conocían sus amigos y compañeros de trabajo, se dirigía en su coche hacia una cita en la famosa calle de los perdidos en donde tenía que recoger a una mujer.

Solamente eran las 10 de la noche cuando llegó al lugar y estuvo esperando durante casi 5 minutos hasta que bajó la mujer de casa, acompañada de una maleta y una extraña muñeca.

Al ver que la mujer se acercaba al taxi, Sebastián bajó de él para ayudarla, subir sus pertenencias al maletero y comenzar la ruta que le llevaría, en compañía de la mujer al lugar indicado, a las afueras de la ciudad.

Al poco de introducirse en el vehículo del taxista sonó el móvil de la mujer y ésta, le indicó su podía ir a otro lugar para recoger a su esposo a lo que Sebas muy amablemente accedió sin problema y juntos fueron a por el marido de la mujer.

Algo inquietó al hombre al ver al hombre de esta mujer, porque tenía la mirada con los ojos demasiado amarillentos pero tampoco le preocupó en exceso porque parecía tener el gesto cansado de la jornada laboral.

La mujer le indicó que debía llevarlos a los dos a las afueras de un polígono industrial situado en la capital de Argentina, en donde habían quedado con su hijo para recogerlos a ambos y marchar a casa.

Continuaron con su camino en el taxi, charlando amistosamente y finalmente llegaron al lugar indicado en donde, en un momento dado, el hombre le dijo al taxista que parase porque allí habían quedado con su hijo. Sin embargo, le extrañó muchísimo a Sebastián porque allí no había absolutamente nadie, ninguna nave ni nada alrededor.

Cuando fue a darse la vuelta en el taxi para decirles la cantidad que tenían que abonar, ambas personas habían cambiado totalmente su apariencia y tenían un gesto que nada tenía que ver con su apariencia humana.

En aquel instante Sebastián comprendió que sería su última carrera puesto que se encontraba a las puertas de la casa del demonio y no habían quedado con ningún hijo, sino que se trataba de meramente una estrategia para llevarse consigo al joven taxista.