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La mirada de la muerte

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A 160 kilómetros por hora apenas pudo esquivar el coche que se golpeaba contra el quitamiedos delante de él. El impacto fue bastante fuerte. Aunque el airbag de Carlos saltó evitando que se rompiera completamente el cuerpo, se dio un grave golpe en la cabeza y el resto del coche quedó destrozado. Por suerte viajaba sólo en el vehículo.

Unos metros más adelante, un camión volcado por la resbaladiza superficie había causado una colisión que se saldó más de 10 muertos entre los ocupantes del mismo y el resto de vehículos que no habían podido evitar el accidente.

Carlos entreabrió los ojos, escuchando sirenas de fondo, gritos e incluso alguna explosión. Aunque tenía sangre en la cara, parecía estar bastante bien, incluso consiguió salir del vehículo, aunque cuando miró hacia atrás una vez estuvo en pie en la carretera, no se imaginó cómo había sobrevivido al accidente.

Los supervivientes parecían estar gravemente heridos, por suerte alguien ya les estaba ayudando, pero no había rastro del resto de conductores, era una escena un poco extraña. Pero cuando se fijó en quién les ayudaba, todavía le pareció más raro. Era una figura negra, con cara angelical, que no sabría decir si era de mujer o de hombre. Cuando notó que le estaba mirando, se fijó en Carlos, lo observó un rato y se acercó hacia él ¡y sacó lo que parecía un gran cuchillo de entre su traje negro!

1, 2, 3… ¡Despierta! Y Carlos despertó. Estaba en un hospital. ¡Había sobrevivido al accidente! Los médicos le explicaron que había perdido la conciencia y que lo tuvieron que traer en ambulancia, temiendo por su vida. Por suerte habían conseguido reanimarlo y estaba fuera de peligro. La familia entera estaba con él, aliviada de que estuviera a salvo.

Cuando todos se marcharon, entró una enfermera, le preparó todas las medicinas y los goteros y, de pronto, le miró fijamente. ¡Era el mismo rostro que el del accidente!

“Soy la muerte”, le dijo. “Nadie en el mundo entero a lo largo de la Historia me ha podido mirar directamente y seguir con vida. Y tú, lamentablemente, no puedes ser una excepción“. Comenzó a meterle un veneno invisible en su gotero. En apenas unos segundos el corazón se le paró. Y Carlos cerró definitivamente los ojos.