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La Hamaca maldita

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Teníamos un precioso jardín en la casa nueva, lleno de árboles, algunas flores de colores e incluso una preciosa fuente coronaba el patio haciéndolo un lugar perfecto para que algunos colibrís bebieran agua y chapotearan. Sin embargo, echaba de menos tener un lugar en el que acostarme y meditar sobre mis asuntos a la sombra de las palmeras caribeñas que habíamos plantado.

Pensé en comprar una hamaca, para ello, acudí a muchas tiendas y no conseguí encontrar ninguna que me gustase de verdad. En última instancia decidí entrar a una tienda de antigüedades, donde un viejo hombrecillo me enseño una preciosa hamaca de origen indio y me dijo que me la regalaría bajo la condición de no destruirla, puesto que si lo hacía caería una terrible maldición sobre mi. Me sorprendió que me la regalara con esta condición, pero acepté encantado.

Una vez que la instalé, decidí echarme la primera siesta en ella, era muy cómoda con lo cual tardé muy poco en caer en los brazos de morfeo. Tras un instante de sueño, abrí los ojos y no pude contener el llanto. Todo a mi alrededor era destrucción; el jardín estaba incendiado, las palmeras eran solo cenizas, la fuente estaba echa añicos y los colibrís eran ahora horribles murciélagos que amenazaban con atacarme. Intenté buscar ayuda, pero no había nadie, parecía una dimensión paralela en la que estaba sólo y atrapado. Tras un buen rato pude pensar que quizás sólo se trataba de un macabro sueño, así que me acosté y conseguí dormirme.

Cuando desperté ya no quedaba nada de ese horrible mundo que se había quedado dentro de la hamaca, respiré aliviado pues había vuelto al mundo normal, y pese a que parecía imposible, había conseguido escapar de aquel infierno.

No se si fue un sueño o una dimensión paralela, pero la hamaca acabó en la basura. Aunque se que alguien en algún momento la va a recoger de allí.