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La cueva, mi casa, mi lápida

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El avión empezó a caer precipitadamente al vacío, y toda la gente saltaba y gritaba dentro, temiendo el trágico final que le aguardaba. Una vez colisionó el avión contra el mar, apenas quedaba algún superviviente, me acerqué a la orilla como pude, pero al volver la vista atrás ya no veía a nadie.

Imaginaba que tarde o temprano vendrían a rescatarme, pero lo cierto es que en el fondo algo dentro de mí lo dudaba. Lo primero que hice fue buscar un refugio llevando mucho cuidado porque no tenía ni idea de dónde me encontraba. Era una pequeña isla localizada en el Pacífico, pero que seguro que no aparecería ni en los mapas.

Una vez divisé una pequeña cueva, comencé a buscar algo de alimento y leña para pasar la noche. Ya había empezado a oscurecer, y el helado viento que pasaba por la isla no me dejaba dormir. Por otra parte, tampoco tenía mucho sueño, estaba cansado pero no iba a poder pegar ojo.

Cuando ya había empezado a relajarme, unos ruidos me alertaron y me levanté corriendo a coger un palo que tenía para defenderme de los animales peligrosos que pudieran haber. Al asomar mi cabeza no podía creer lo que estaba viendo; un montón de ojos rojos me miraban fijamente, y sin pensarlo dos veces, me metí hasta el fondo de la cueva, lugar del que ya nunca iba a poder salir, porque ellos también entraron.