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La cueva del terror

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Pedro era un chaval muy rebelde y nunca hacía caso de sus padres. Cuando salía por la noche se adentraba en el bosque y no regresaba hasta altas horas de la madrugada.

Sus padres ya no sabían qué hacer con él, hasta que un día su padre decidió seguirle para ver en qué ocupaba ese tiempo. Comenzó a profundizar en el bosque mientras la noche se iba haciendo más cerrada. Iba despacio y a una cierta distancia con el fin de que Pedro no pudiese escuchar que lo seguían.

El problema es que debido a la oscuridad, al final lo perdió de vista, por lo que tuvo que esperar al siguiente día para volver a seguirlo.

Así pasaron los días hasta que en una ocasión, Antonio, el padre de Pedro, pudo ponerle una pequeña pieza reflectante en la parte trasera de su chaqueta, con lo que, no sin dificultad, consiguió no perderlo de vista.

Al final del trayecto vio que Pedro entraba a una cueva y decidió seguirlo. Una vez dentro, siguió avanzando hasta que pudo empezar a escuchar a otras personas. Se acercó despacio y de repente algo se abalanzó sobre él. Era su hijo Pedro.

De un golpe lo dejó inconsciente, y cuando volvió a despertar se encontró encadenado sin poder escapar. Ahí fue cuando se dio cuenta de que su hijo había estado todos estos meses secuestrando a gente y devorándola en la cueva. El problema era que nunca iba a poder salir vivo para contarlo.