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El ser que vino de dentro de las tuberías

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¡PLONK!

El sonido metálico sonaba ya con demasiada frecuencia. José maldecía el apartamento donde le había tocado hospedarse mientras duraba la obra. Tenía ganas de volver a casa con su mujer e hijos. Pero ese maldito sonido no le dejaba descansar.

¡PLONK!

Acababa de llamar a un fontanero, pero éste le dijo que las cañerías eran viejas, que las tuberías inferiores daban al mar y era imposible saber qué sucedía. Lo mejor era cambiarlo todo, pero él no era el dueño de la casa, por lo que esa opción quedaba descartada. Tampoco podía cambiarse de alojamiento, sólo le quedaba un día para terminar la obra y costearse algo más caro habría hecho que el trabajo no valiera la pena.

¡PLONK!

Maldita sea, hoy tampoco podría dormir. El fontanero le había dado un producto que servía para limpiar las tuberías por dentro. Se derramaba y, si había algo realmente grande, o lo expulsaba hacia el mar o saldría ¡por el retrete! según le había contado con carcajadas el fontanero.

¡PLONK!

José decidió usar el producto y tiró todo el líquido del bote por el wáter, esperando que el comentario del especialista fuera simplemente una broma. En teoría debía echar sólo un poco, pero José estaba harto de la situación y echó todo el bote, casi un litro de producto.

La verdad es que olía fatal, pero se quedó esperando a que volviese a sonar el condenado ruido, desconfiado como era José y, para su agradable sorpresa, ya no volvió a sonar.

José se acostó por fin contento de haber resuelto el problema, pero a las pocas horas despertó.

¡PLONK! ¡PLONK! ¡PLONK!

El ruido sonaba cada vez con más insistencia y parecía estar más cerca. José siguió el ruido, se temió que hubiera estropeado las tuberías y le tocara ahora pagar la reparación. Abrió los grifos de la casa y todo parecía en orden, pero el ruido era cada vez más insistente.

¡PLONK! ¡PLONK! ¡PLONK!

¡PLONK! ¡PLONK! ¡PLONK!

José reconoció de dónde venía, ¡del cuarto de baño! Al final el fontanero iba a decir la verdad y seguro que el aseo se iba a llenar de porquería que tendría que limpiar. Se acercó al baño y abrió la puerta.

¡¡PLONK! ¡PLONK! ¡PLONK!!

¡¡PLONK! ¡PLONK! ¡PLONK!!

Esta vez sí que había sonado cerca. José se arrimó al retrete y abrió la tapa, con mucho cuidado y también con algo de miedo. Al hacerlo no veía nada, rió para sus adentros hasta que le pareció ver… no podía ser, ¡dos ojos! Y fue entonces cuando el caimán saltó hacia José.