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El intercambio de alma

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La pareja colgaba de la horca tras haber sido condenada a muerte por brujería. Los niños observaban atónitos, en silencio. Todo había comenzado aquella misma noche. Los Louis Parker celebraban una reunión de sociedad en su casa de Nueva Orleans, donde acudían para las vacaciones de verano.

Anna y Paul eran los dos criados, ya más cerca de los 60 que de los 50. Ellos dos solos se encargaban de ofrecer las comidas, limpiar la casa y recibir a los invitados. Hacían muy buenas migas con los niños y en los ratos libres jugaban con ellos y se divertían mucho.

Seis horas antes de que los cuerpos de los dos criados colgasen en el porche de los Louis Parker frente a los airados asistentes portadores de antorchas, la pareja había servido a todos los invitados el último plato antes del café y el postre. Se suponía que esa parte de la cena iba a estar distribuida por mesas a modo de cocktail, como divertimento de sociedad.

Los dos criados, sin embargo, tenían otros planes. Llevaron a los niños a la buhardilla con la promesa de un divertido juego de escondite, pero lo que encontraron fue unos extraños símbolos pintados en el suelo y espejos rodeando toda la estancia.

Según la tradición de hechicería que practicaban estos dos criados, era posible transmitir el alma de un cuerpo a otro a través de unos espejos y los ritos necesarios. Así que, teniendo sus cuerpos amenazados de muerte por el cáncer y otras enfermedades, decidieron probar suerte con los niños.

Ante la ausencia de los 4, los invitados estuvieron buscándolos por todas las estancias, hasta que llegaron a la buhardilla. Encontraron a los niños casi catatónicos, mientras los criados permanecían en un extraño estado de trance. El intento de asesinato hacia los niños provocó la cólera de los invitados, que trasladaron a los criados afuera de la casa y procedieron a colgarlos sin contemplación, encendiendo unas antorchas para iluminarse bajo el manto de una noche sin Luna.

Los criados estaban muertos, los niños estaban a salvo, parecía que al final todo había acabado bien. Anna y Paul seguían felices sin demostrarlo. Miraban a los asistentes desde sus recién obtenidos ojos de niños. Miraban sus dos anteriores y envejecidos cuerpos colgando del árbol donde habían conseguido trasladar el alma de los pequeños. Sí, al final todo había acabado bien, para ellos.